El Tamiz

Antes simplista que incomprensible

La guerra biológica (II)

En la primera parte de este artículo recorrimos la historia de la guerra biológica desde la Antigüedad, con hititas y griegos, hasta el momento en el cual descubrimos el origen microbiano de las enfermedades. Hasta ese momento, por lo tanto, quienes usaron la guerra biológica lo hicieron sin entender lo que había debajo. Incluso a finales del XIX el conocimiento era rudimentario y la capacidad de convertir microbios en armas era casi inexistente – pero todo cambió en el siglo XX.

Aviso: Aunque intentaré no ser demasiado explícito, se trata de un artículo duro, en el que se describen sucesos terribles que pueden resultar desagradables. Además hay alguna foto que puede hacer que se te encoja el estómago. Avisado estás si sigues leyendo.

La Gran Guerra de 1914, como ya hemos visto en esta serie, supuso el estallido de la guerra química, y lo mismo pasó con la guerra biológica, aunque en mucha menor medida. La razón vuelve a ser la misma que en la Edad Media: las enfermedades suelen necesitar semanas o meses para hacer estragos en el enemigo, y las batallas suelen ser mucho más rápidas. Los venenos químicos, como el gas mostaza, eran mucho más rápidos y eficaces.

Pero esto no quiere decir que no se empleasen agentes biológicos. Los únicos en hacerlo durante la Primera Guerra Mundial parecen haber sido los alemanes, y la enfermedad empleada fue fundamentalmente el carbunco, que ya apareció al hablar de la teoría microbiana de la enfermedad, ya que su descubrimiento por Robert Koch en 1875 supuso el triunfo de esta teoría patogénica. El ser humano tardó unos cuarenta años en usar el descubrimiento para matar: a veces somos unos perezosos.

La principal ventaja del carbunco como agente biológico es que, aunque es una enfermedad bacteriana –la bacteria es Bacillus anthracis–, la bacteria se reproduce por esporas. Estas esporas pueden permanecer inactivas bastante tiempo, de modo que es posible transportarlas sin problemas largas distancias sin preocuparse de mantener vivo ningún microorganismo.

Esporas de carbunco
Esporas de Bacillus anthracis [dominio público].

El Imperio Alemán tenía agentes en muchos países, enemigos y neutrales, a los que hizo llegar esporas de carbunco mediante valijas diplomáticas. Estos espías lo emplearon fundamentalmente para infectar caballos y mulas: en la Gran Guerra aún eran animales muy importantes.

Los alemanes también utilizaron otra enfermedad de la que no había oído hablar en mi vida hasta investigar para este artículo: el muermo, causado por una bacteria llamada Burkholderia mallei. Se trata una vez más de una enfermedad que afecta sobre todo a los equinos, aunque puede ser contraída por el ser humano y produce neumonía, necrosis de la piel e inflamación de los ganglios; puede provocar septicemia y la muerte.

Tren de mulas en la Primera Guerra Mundial
Carretas de suministro tiradas por mulas en Francia, 1918 [dominio público].

Una vez más, Alemania lo empleó sobre todo para acabar con mulas y caballos en el frente oriental contra el Imperio Ruso. Muchas piezas de artillería rusas eran transportadas por mulas, lo mismo que los carros de munición, de modo que en este caso no se trataba tanto de un intento de bajar la moral enemiga como de un ataque a las líneas de suministro y la movilidad del enemigo.

El responsable más probable del programa de “sabotaje bacteriológico” alemán fue un espía llamado Anton Dilger. Se trataba de un médico con doble nacionalidad germano-estadounidense, que nació en Estados Unidos de padres de origen alemán pero estudió en Alemania. Cuando estalló la Gran Guerra, Dilger probablemente diseñó el programa de uso de muermo y carbunco en diversos países, y luego él mismo se llevó ambas enfermedades a los Estados Unidos.

Anton Dilger
Anton Dilger (1884-1918) [dominio público].

El país americano era por entonces neutral, pero Alemania temía que países como Estados Unidos o Argentina, aunque no lucharan, proporcionasen ayuda a sus enemigos. Dilger, por tanto, estableció un laboratorio clandestino en su casa y se puso a realizar cultivos de carbunco y de muermo, para contagiar animales en los puertos y así, si Estados Unidos proporcionaba ganado vacuno a Francia o Reino Unido, las vacas estarían infectadas por una de estas enfermedades.

Irónicamente, este “esparcidor de enfermedades” fue víctima de una de ellas. En 1918 se encontraba en Madrid cuanto contrajo la terrible epidemia de gripe que a veces se llama gripe española, ya que fue en ese país donde se describió por primera vez, y murió allí. ¿Justicia poética?

Al final de la Gran Guerra los países involucrados quedaron tan horrorizados por el uso de armas químicas que decidieron hacer algo al respecto; naturalmente no habían estado tan horrorizados mientras las usaban ellos mismos durante la guerra. Las armas biológicas se metieron en el mismo saco, aunque como hemos visto no fueron empleadas tanto para matar personas como animales, y a una escala mucho menor que las químicas. El acuerdo se puso por escrito en el Protocolo de Ginebra en 1925, y fue registrado en la Liga de Naciones –la precursora de las Naciones Unidas– en 1929.

El protocolo, que aún sigue vigente, prohibe el uso de gases asfixiantes y venenosos, además de las armas bacteriológicas y víricas. El primer país en firmarlo fue Francia, en 1926, y luego lo fueron haciendo muchos más, hasta los ciento treinta y ocho actuales. Sin embargo, no todos lo han firmado igual: algunos países, como la propia Francia, Canadá o Brasil, no tienen ningún tipo de provisión especial, pero otros, como China o Estados Unidos, se reservan el derecho de usar armas biológicas o químicas contra países que las usen a su vez (es decir, “seremos buenos si el enemigo es bueno”). Finalmente, hay países que nunca han ratificado el Protocolo de Ginebra, como Mauritania, Colombia o Myanmar.

Protocolo de Ginebra
Firmantes del Protocolo de Ginebra: en verde sin reservas, en azul con reservas pasadas pero no presentes, en amarillo con reservas implícitas, en naranja con reservas explícitas y en rojo los no firmantes [dominio público].

Algo que el Protocolo de Ginebra no prohibía era la investigación, el almacenamiento o el transporte de agentes biológicos ni químicos –pero ahora mismo nos interesan los primeros–. Al principio no parece haber habido mucha experimentación, ya que la principal preocupación tras la Gran Guerra eran los bombardeos aéreos que podrían venir más adelante, y que efectivamente vinieron, pero con el tiempo empezaron a iniciarse programas de guerra biológica en varios países.

El pionero en esto fue el Reino Unido. A instigación, entre otros, de Winston Churchill, los británicos crearon unidades de investigación y producción de los clásicos –tularemia y carbunco– además de brucelosis y botulismo. Cierto es que estas armas nunca fueron usadas, y que había sido Alemania en la Gran Guerra quien había abierto la caja de Pandora. Estados Unidos hizo algo parecido, en gran medida a sugerencia de los británicos, pero tampoco utilizaron este tipo de armas cuando estalló la guerra –aunque emplearon otras todavía peores, claro–.

Irónicamente los alemanes, que bajo el Tercer Reich eran de una brutalidad y falta de escrúpulos tremenda, no parecen haber desarrollado un programa de armas biológicas. Como ves, la Segunda Guerra Mundial estuvo a punto de escapar del horror de la guerra bacteriológica – pero sólo estuvo a punto. Quedaba Japón, tan brutal como Alemania, aunque menos sofisticado.

El Imperio japonés fue responsable de horrores que ponen la carne de gallina. En primer lugar, el Emperador Hirohito creó una unidad secreta del Ejército Imperial, la Unidad 731, cuyo nombre público era, tócate las narices, Departamento de purificación de las aguas y prevención de epidemias. La Unidad 731 tenía su base en Manchuria, en una región controlada por los japoneses.

Esta unidad secreta realizó multitud de experimentos abominables con seres humanos –casi todos chinos, algunos rusos– para el desarrollo de armas biológicas y químicas. Japón había quedado enormemente impresionado con el uso de gases venenosos en la Batalla de Ypres, que mencionamos al hablar de Fritz Haber–. En esa batalla los aliados sufrieron unas quince mil muertes por armas químicas, lo que demostró su eficacia espantosa.

Shiro Ishii
Shirō Ishii, comandante de la Unidad 731 (1892-1959) [dominio público].

El general Shirō Ishii, con el apoyo del coronel Chikahiko Koizumi –que había presenciado la Batalla de Ypres–, fundó la Unidad 731 en 1930 y pronto comenzaron horrores que no puedo describir con gran detalle porque no tengo estómago, e imagino que tú tampoco. Los científicos de la 731 estaban interesados en conocer el efecto de diversas enfermedades sobre los diferentes órganos con la mayor precisión posible. Para ello infectaron a bebés, niños y adultos con diferentes enfermedades contagiosas y luego los viviseccionaron sin anestesia para ir comprobando el estado de sus órganos. Y esto ni siquiera es lo peor que hicieron con ellos. Creo que no debo seguir, ¿verdad?

Entre 3 000 y 12 000 personas murieron en el infierno de la Unidad 731, uno de los episodios de la especie humana que, en mi opinión, no debemos olvidar jamás, por más vergüenza que nos produzcan. Cuando alguien afirme que no somos capaces de hacer algo tan horrible, recuerda las palabras de uno de los cirujanos de la 731, Ken Yuasa:

Durante mi primera vivisección tenía miedo, pero la segunda vez fue mucho más fácil. La tercera ya no me importó.

Escalofríos. Hipócrates hubiera llorado.

Víctima de la Unidad 731
La Unidad 731 experimentando con seres humanos [dominio público].

El resultado de años de investigación sin el menor resquicio de humanidad fue el desarrollo de multitud de armas biológicas y químicas que el Imperio empleó en la Segunda Guerra Chino-Japonesa –que empezó un par de años antes que la Segunda Guerra Mundial y luego se convirtió en parte de ella–, contra los chinos y contra los rusos. Se trató, esta vez sí, del uso a gran escala por parte de una potencia con conocimiento científico para matar usando organismos patógenos, y Japón lo hizo con eficacia. Ya lo creo que sí.

Los aviones japoneses soltaron multitud de bombas con contenido bacteriológico y vírico sobre China. El propio Shirō Ishii había sugerido en 1938 el uso de bombas de cerámica con pulgas portadoras de Yersinia pestis –la bacteria responsable de la peste bubónica–, y otras con carbunco, botulismo o viruela. Algunas de estas bombas contenían Vibrio cholerae, una bacteria que conoces bien por los artículos sobre la teoría patogénica de la enfermedad, ya que es la responsable del cólera. Las bombas con Vibrio cholerae se dejaban caer, por ejemplo, sobre embalses de agua potable, de modo que miles de habitantes de las ciudades y pueblos cercanos contrajesen el cólera. La peste bubónica arrasó con pueblos enteros, lo mismo que la viruela.

Soldados japoneses en la batalla de Shanghai
Soldados japoneses en la batalla de Shanghai [dominio público].

Es cierto que muchas de estas enfermedades ya no eran tan terroríficas como antes, puesto que existían antibióticos contra ellas (aunque algunas, como la viruela, no eran bacterianas sino víricas), pero el país estaba envuelto en una guerra terrible con el Japón, y además el número de afectados en áreas rurales era tan descomunal que murió gente en masa. El objetivo era, como suele pasar con ataques de este tipo, doble: por una parte reducir la capacidad de reacción del gobierno, ya que era necesario emplear recursos para combatir las infecciones o dejar a la población morir –adivina qué tendió a hacer China–, y por otro sembrar el terror.

No es fácil estimar cuánta gente murió por las bombas biológicas de la Unidad 731, pero en un simposio celebrado en 2002 se dijo que podían rondar el medio millón. ¡Medio millón de personas! Una vez más, el problema de estos horrores es que funcionan: además de la muerte, el terror cundió entre las poblaciones que de pronto empezaban a sufrir terribles enfermedades infecciosas.

Puede que te consuele saber que Japón terminó perdiendo la guerra, y me encantaría contarte que entonces por fin se hizo justicia: que los monstruos de la 731, Shirō Ishii el primero, pagaron por sus horrendos crímenes. Desgraciadamente, no fue así, y por una razón muy sencilla: la experimentación con seres humanos desprovista del menor resquicio de misericordia funciona muy bien. La Unidad 731 disponía de científicos con una experiencia tremenda en la guerra biológica.

MacArthur junto a Hirohito
Douglas MacArthur junto al Emperador Hirohito en 1945 [dominio público].

Dicho de otro modo, eran útiles para los vencedores. Casi todos fueron exonerados de sus crímenes –Shirō Ishii el primero–, y muchos de ellos terminaron trabajando en el desarrollo de armas biológicas en los Estados Unidos. Douglas MacArthur evitó que fueran juzgados, ya que consideró que era más provechoso para los intereses de su país utilizarlos que ejecutarlos.

Afortunadamente el caso de Japón no fue el comienzo de un nuevo y horrendo tipo de guerra: no han vuelto a emplearse armas biológicas a una escala tan grande desde entonces. Naturalmente, esto no fue por bondad: las grandes potencias simplemente habían encontrado un tipo de arma aún más espantosa, un horror que dejaba la tularemia o la peste como inocentes cuentos de niños: las armas atómicas.

Eso sí, durante la Guerra Fría todo el mundo siguió investigando sobre armas biológicas: Estados Unidos, Gran Bretaña, la Unión Soviética… todos ellos se centraron en los habituales: tularemia, peste y, sobre todo, carbunco –por las esporas–. Los años 50 y 60 supusieron grandes avances, aunque no tanto en el desarrollo de agentes patógenos como en el diseño de maneras más eficaces de dispersarlos que las primitivas bombas cerámicas japonesas.

Las nuevas bombas bacteriológicas eran metálicas y más sofisticadas que las de Ishii. Algunas simplemente tenían una carga explosiva que dispersaba el agente biológico. Otras, una vez lanzadas, según caían por el aire, abrían espitas que soltaban un chorro de agua contaminada en todas direcciones. La bomba iba girando mientras caía, dispersando así el agente patógeno por un área lo más extensa posible. En cualquier caso no se trataba de bombas independientes, sino de submuniciones que irían dentro de misiles, como el MGM-29 Sergeant, que podrían ir soltando estas pequeñas bombas dispersoras por una región aún mayor.

MGM-29 Sergeant
MGM-29 Sergeant [dominio público].

Una sola bomba biológica M143, soltada por un MGM-29 Sergeant, podía extender la tularemia en un área de unos 18 km2 con un porcentaje de infección del 50%. Como he dicho otras veces, el ser humano es de una eficacia sorprendente cuando su objetivo es matar a otros seres humanos.

Sin embargo, las armas biológicas de los 50 y 60 no sólo estaban diseñadas para matar seres humanos. En el Laboratorio de Guerra Biológica de Fort Detrick, en Maryland, se desarrollaron también formas de matar cosechas y animales. Al fin y al cabo, en una guerra de larga duración con otra gran potencia el suministro de alimentos es fundamental, y acabar con la capacidad del enemigo de abastecerse puede ser tan eficaz como matar miles de personas.

Laboratorio de Guerra Biológica de Maryland
El Laboratorio de Guerra Biológica de Fort Detrick en Maryland, en los años 40 [dominio público].

Podrías pensar que el modo más lógico de acabar con cosechas enemigas es el uso de herbicidas normales y corrientes, y desde luego estaba en los planes de casi todo el mundo. Sin embargo, aquí también hay una ventaja en el uso de armas biológicas, aunque sea como complemento de las químicas: la superficie total afectada.

Si un escuadrón de aviones sueltan herbicidas sobre un cultivo y matan las plantas, el efecto será sobre la superficie de cultivos atacada. Pero si el mismo escuadrón utiliza hongos o bacterias patogénicos que atacan a las plantas, el efecto es diferente; por un lado es más lento, ya que hay un período de incubación y el desarrollo de la enfermedad requiere su tiempo. Pero, por otro lado, la enfermedad puede extenderse a otros cultivos. De este modo es posible, a medio plazo, destruir la agricultura de una región entera.

Lo mismo sucede con enfermedades que afecten a la ganadería. La Unión Soviética, por ejemplo, desarrolló un programa llamado Ecología (y luego dicen que no hay sentido del humor en la guerra) que hacía justamente esto. Aviones llevarían una mezcla de varias enfermedades en tanques que esparcirían los patógenos sobre las granjas. Para asegurarse de que el enemigo se quedaba sin nada que echarse a la boca, los tanques cargarían cuatro microorganismos diferentes:

  • El Aphthovirus responsable de la fiebre aftosa o glosopeda, una enfermedad altamente contagiosa que afecta a vacas, ovejas, cabras y cerdos.

  • El virus de la gripe porcina africana, que afecta a los cerdos.

  • El virus de la peste bovina, que afecta a las vacas.

  • La bacteria Chlamydophila psittaci, responsable de la psitacosis que afecta a muchas aves –su objetivo eran las gallinas, claro– y además también pueden adquirir los seres humanos.

Peste bovina
Ganado muerto por peste bovina en Sudáfrica, 1896 [dominio público].

Vamos, un cóctel delicioso. Afortunadamente los soviéticos nunca lo usaron contra nadie, pero puedes imaginar la cantidad de sufrimiento feroz que hubiese provocado en la población si hubiera habido una guerra. Sí, no es una bomba nuclear, pero sus efectos hubieran sido demoledores.

El final de los años 60 supuso también el ocaso en el desarrollo de armas biológicas. Sólo los británicos lo habían hecho antes: en 1956 el Reino Unido canceló de manera unilateral su programa de guerra biológica ofensiva. La Unión Soviética y los Estados Unidos siguieron unos trece años más.

En 1969 tanto el Pacto de Varsovia como el Reino Unido presentaron propuestas en las Naciones Unidas para la prohibición de armas biológicas. El mismo año de 1969 los Estados Unidos renunciaron a su programa bacteriológico y destruyeron su arsenal, y en 1972 las grandes potencias y muchos otros países firmaron una convención nueva, más explícita que el Protocolo de Ginebra. Se trataba de la Convención sobre armas biológicas (el nombre oficial es mucho más largo), y fue firmada por casi todos los países del mundo.

Convención de armas biológicas
Países firmantes de la convención de 1972: en verde los países que han firmado y ratificado la convención, en amarillo los que han firmado pero no la han ratificado y en rojo los no firmantes [Allstar86/CC Attribution-Sharealike 3.0 License].

La convención de 1972 era más estricta que la de 1925, ya que no sólo prohibía el uso de este tipo de armas, sino su desarrollo y el almacenamiento de agentes patógenos con ese propósito. Y las grandes potencias lo firmaron muy probablemente por una razón de gran importancia: las armas biológicas no serían las que decidirían el destino del mundo, que era lo que ellas se estaban jugando.

Pero tal vez sea demasiado cínico. Es cierto que, al menos en parte, éramos más conscientes del horror de este tipo de guerra. Como hemos visto a lo largo del artículo, las armas biológicas no deciden batallas, porque son demasiado cortas. Además, afectan de un modo desproporcionado a los civiles, ya que no son fácilmente controlables. Sea como fuere, en 1972 por fin la cosa… ¿se detuvo?

No, por supuesto que no. La Unión Soviética siguió con su programa ofensivo llamado Biopreparat, durante toda su existencia como país. Este programa de armas biológicas disponía de unos 30 000 empleados y desarrolló multitud de armas bacteriológicas, sobre todo de carbunco, aunque gracias a Dios nunca fueron usadas en la guerra. En 1979, debido a un error en uno de los laboratorios cerca de Sverdlovsk (la moderna Ekaterimburgo), una cepa de carbunco escapó y mató a un centenar de personas.

No creo tampoco que la U.R.S.S. fuera la única entre las grandes potencias: simplemente estamos seguro de ello por el testimonio de científicos que trabajaron en el programa. Muy probablemente la moderna Rusia tiene algún tipo de programa secreto, lo mismo que EE. UU. y seguramente otros países. También estoy bastante seguro de que ninguno de los “grandes” empleará este tipo de armas en el futuro: simplemente no merece la pena.

Otra cosa diferente son países más pequeños y desesperados, lo mismo que grupos terroristas – recuerda que el terror psicológico que producen este tipo de armas es una de sus ventajas fundamentales. En muchos casos se trata de países sin recursos para tener acceso a armas nucleares, por ejemplo, y temerosos de que otros países los invadan o se inmiscuyan en sus propias invasiones. Disponer de armas espantosas puede ser disuasorio… o lo contrario, por supuesto. El caso es que después de 1972 las grandes potencias desaparecen del mapa en este asunto.

Durante la Guerra Civil de Rodesia entre 1964 y 1979, el gobierno autoproclamado de Rodesia contaminó ríos de la frontera con Mozambique con Vibrio cholerae, y extendió el carbunco entre los animales y la población. Su objetivo era debilitar al Ejército de Liberación Nacional Africana de Zimbabwe –que al final de la guerra era controlado por Robert Mugabe–, pero el efecto real fue el de casi siempre: el sufrimiento de la población local sin consecuencias de importancia para la guerra.

El Irak de Saddam Hussein también produjo grandes cantidades de armas biológicas que, por lo que sabemos, nunca utlizó. Antes de la Primera Guerra del Golfo Irak llegó a almacenar unos 19 000 litros de botulina, la toxina del botulismo. Muy probablemente también tenía armas biológicas en la Segunda Guerra del Golfo, y no está muy claro si las usó o no.

El uso más famoso de armas biológicas por parte de grupos terroristas se produjo poco después del atentado de las Torres Gemelas de Nueva York. Varios periodistas y políticos recibieron cartas que contenían esporas de carbunco – una vez más, la utilidad de esta enfermedad bacteriana es precisamente su modo de reproducción por esporas.

Unas diecisiete personas se contagiaron de carbunco y cinco personas murieron. El efecto fundamental fue, como suele suceder, el pánico, que es como hemos visto uno de los efectos más deseados al emplear la guerra biológica. Las esporas de carbunco procedían todas de la misma cepa de bacterias, como se reveló al hacer un estudio genético. Esta cepa a su vez provenía de un laboratorio, el de Fort Detrick en Maryland –hay una foto del mismo laboratorio en los años 60 más arriba–.

Por lo tanto, los sospechosos principales fueron precisamente los científicos que trabajaban allí, ya que no sólo tenían acceso a la cepa empleada en los ataques como el conocimiento necesario para utilizarla de manera eficaz. Al principio se sospechó de uno de ellos llamado Steven Hatfill, pero en 2005 el cerco se cerró sobre Bruce Edwards Ivins, un científico de Fort Detrick que había sido uno de los expertos empleados por el FBI para analizar las esporas desde el principio… es lo que pasa cuando quienes saben lo suficiente para ayudarte son los mismos que saben lo suficiente para haber sido los responsables del crimen que investigas.

Ivins terminó suicidándose en julio de 2008, y no me ha quedado muy claro si su inestabilidad mental ya existía antes y fue la causa de que enviase cartas con esporas, o bien no tuvo nada que ver con el asunto y no pudo soportar la tensión debida a la investigación agresiva por parte del FBI. En cualquier caso me da la impresión de que, oficialmente, la investigación terminó con su muerte.

En lo que a nosotros respecta en este artículo, lo importante de estos ataques es que reflejan una vez más las características principales del uso de microorganismos: el pánico que producen, la impredicibilidad de sus efectos colaterales –ya que personas que no eran el objetivo de los sobres también se infectaron– y, generalmente, lo limitado de sus consecuencias a largo plazo.

De estas características, en mi opinión, hay dos que convierten a las armas biológicas en algo horrible. Entiendo que muchos lectores pueden considerar como horribles todas las armas, o como Fritz Haber pueden pensar que la muerte es muerte independientemente de su causa, pero tras haber leído este ladrillo en dos partes creo que puedo convencerte de que no todo es lo mismo.

En primer lugar, la muerte y el sufrimiento producidos por la guerra biológica son indiscriminados. Incluso si consideramos que a veces el uso de la fuerza y las armas es necesario –y yo así lo creo, aunque por supuesto puedo estar completamente equivocado–, en mi opinión debe ser del modo más limitado y certero posible. Pero las armas biológicas no son un bisturí, sino un mazo: se llevan por delante todo lo que se ponga en su camino.

Por lo tanto es casi seguro que este tipo de armas matan y hacen sufrir a un número desproporcionado de gente, que en muchos casos ni son combatientes ni nada parecido; la mayor parte de las veces su muerte ni siquiera altera el resultado de la guerra, pero es imposible restringir su efecto tan sólo a unos cuantos.

En segundo lugar, se trata de armas cuyo efecto es poco predecible. Con esto me refiero a que una vez arrancada una oleada de infecciones por un patógeno, es dificilísimo saber qué va a pasar a largo plazo. Un ataque químico, aunque también sea horrible, está limitado en el espacio y en el tiempo, porque el agente químico de que se trate no se reproduce ni se expande indefinidamente. ¡Pero una enfermedad vírica o bacteriana sí! De hecho, no sólo es esto horrible sino también ineficaz: es perfectamente posible emplear un arma bacteriológica contra alguien y que acaben muriendo los de tu propio bando. ¿Justicia poética?

Hablando de justicia poética, la misma humanidad que había usado el conocimiento científico para matar usando enfermedades como la viruela dedicó luego sus esfuerzos para erradicarla, y esa enfermedad fue la primera enfermedad infecciosa humana –y la única hasta el momento– en ser erradicada utilizando la ciencia.

Pero hablando de la viruela…

Para saber más:

Biología, Ciencia, Hablando de...

15 comentarios

De: Sek
2014-05-20 20:05

Cómo he esperado este artículo. Gracias por compartirlo. Le comento a todos sobre El tamiz y El cedazo para que puedan disfrutar como yo. Saludos desde Perú.

De: fernando
2014-05-21 06:36

"El mismo año de 1969 los Estados Unidos renunciacion a su programa" creo que deberia ser renunciaron ;)

Brillante artículo como siempre, esto lamentablemente tambien es parte de la ciencia y nuestra cultura, asi como somos capaces de crear maravillas podemos sembrar muerte y destruccion indiscriminadas, ironías de la humanidad supongo

De: Pedro
2014-05-21 07:26

Gracias, Fernando, corregido :)

De: juan
2014-05-21 16:00

Un artículo cojonudo. Solo una duda: "investigación agresiva por parte del FBI" ¿Es un eufemismo de acoso insufrible?

PD: Creo que se te ha pasado incluir un enlace al artículo del gas mostaza.

De: Argus
2014-05-21 17:28

Espeluznante. Aterrador. No tengo palabras. Conociendo prácticas como estas no se puede estar de acuerdo con la posición de Fritz Haber: "En tiempos de paz un científico pertenece al mundo, pero en tiempos de guerra pertenece a su país".

Los países, la mayoría, han demostrado ser capaces de las brutalidades más inhumanas, en unas épocas o en otras, mientras que virtudes y grandeza no han mostrado tantas. No le veo ningún sentido a ese sentimiento de "entregarte a tu país"; En tiempos de paz es una gilipollez y en tiempos de guerra es una brutalidad.

De: Durruty
2014-05-22 12:59

Aterrador pero genial.

Creo que todos hemos oido rumores sobre si el sida es o no consecuencia de una investigacion de este tipo. ¿sabeis algo al respecto?

De: Alejandro
2014-05-22 20:43

Muy buen artículo. Los japoneses ciertamente no se merecían dos bombas nucleares, pero hay que reconocer que bajo el Imperio de Hirohito no eran ningunos "santos", fueron despiadados con los chinos...

Saddam Hussein no utilizó armas biológicas, pero sí utilizó armas químicas en la guerra contra Irán. Incluso recuerdo haber leído que algunas de esas armas eran de procedencia alemana (irónicamente, los alemanes también brindaban ayuda a las víctimas de la guerra), aunque no podría ahora confirmar la fuente de la información...

Respecto al virus de antrax y el "suicidio" de uno de los investigadores, disculpen si sueno "conspiranoico", pero con todas las lagunas e inverosimilitudes que hay en la historia oficial del 11-S eso me suena muy raro... Sé que muchos ni quieren oir hablar de esas cosas, pero basta reflexionar sobre las "armas de destrucción masiva" nunca halladas de Saddam Hussein, los extraños videos de Bin-Laden fuera de foco y su extraña muerte sin cadaver, y las cosas que pasan actualmente en Medio Oriente, para penar en indagar algo más... Pero bueno, no es el tema de esta página, está bien. Saludos!

De: Sergio B
2014-05-23 08:52

Aparte de no hacer peloteo, no recuerdo que en mi mensage hubiese ningun tipo de lenguaje ofensivo. Podria saber por que no se ha publicado?

De: Pedro
2014-05-23 18:58

Sergio, no lo sé: imagino que el filtro de spam se lo habrá zampado por alguna razón. Si lo vuelves a escribir, en el próximo par de días vigilo las carpetas de posible spam a ver si lo rescato y veo por qué ha sido marcado como positivo.

Creo que llevas el suficiente tiempo aquí para saber que el peloteo no es precisamente lo que determina que un comentario se publique o no. A veces incluso he publicado comentarios que me insultaban directamente.

De: RogerJ
2014-05-23 23:32

Me ha encantado el artículo, como casi todos en el tamiz :)

Me llama la atención la mención a la Gripe Española, siempre he pensado que el nombre era debido a que en el resto del mundo se censurarón las noticias sobre la pandemia mientras que en España al no estar en guerra se publicó mucho material al respeto, dando la impresión a los contemporáneos que el problema existía solo en nuestro país.

De: Austral
2014-05-27 15:41

Brutal... y horrible, (de horror). Gracias por esto, desde hace años que sigo El Tamiz, (creo que desde los artículos sobre las falacias), no te imaginas cuanto he aprendido por aquí.

Un abrazo.

De: Sergio B
2014-05-27 18:18

Pedro tienes toda la razon, perdona por la insinuacion. Fue una nineria y llevo bastante tiempo como para lamentarla. Intentare escribir el comentario de nuevo cuando tenga un rato si sigo considerandolo correcto o necesario, ya que era una parrafada bastante grande.

De: Scarbrow
2014-05-28 15:49

Excelente artículo, Pedro

Si puedo sugerir, un artículo que me gustaría mucho leer es cómo sueles realizar las búsquedas para documentarte para estos artículos tan excelentes. Además de las que pones al final, supongo que usas otras, y muchas veces sería útil ser capaz de usar un método semejante para investigar otros temas. O dicho de modo más sencillo, ¿cómo encuentra uno fuentes apropiadas? (especialmente, si son científicas)

De: Pedro
2014-09-06 15:45

Scarbrow, perdona que nunca contestase, pero se me pasó y acabo de verlo ahora que estoy mirando para preparar el siguiente artículo.

No sé si podría describir un método... depende. A veces apenas consulto nada, a veces (como para esta serie) es un montón de cosas distintas.

Cuando no sé sobre algo, mi lugar de comienzo suele ser Wikipedia. Desde allí suele ser posible llegar, directa o indirectamente, a las fuentes originales, que suelen ser libros o artículos publicados por universidades y sitios así... pero depende tanto del caso concreto que es muy difícil establecer un sistema.

Me lo pensaré, a ver si puedo enlazar ideas para publicar algo más o menos coherente sobre cómo buscar fuentes, pero no prometo nada :)

De:
2015-10-22 06:35

excelente articulo hermano .. saludos

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